El ser humano es impresionante

selma de fiestaQuizás no hemos oído últimamente esta noticia, pero es así. El ser humano no es solamente individualista, corrupto, egoísta y estúpido, aunque si nos fijamos en como se vende al ser humano como mercancía, lleguemos fácilmente a esa conclusión.

El ser humano pese a su imperfección tiene la capacidad de modificarse y evolucionar hacia donde desea, pero la evolución de la persona no parece interesante para los medios de comunicación, para la empresa en general, pese a que en el mundo de los negocios apelan y buscan el talento como si fuese una aguja en un pajar. Se escriben millones de textos hablando de lo que es talento, pero se desprecian las formas de potenciarlo tanto en la educación como en la sociedad individualista que apela a la comparación, la competitividad.

Pero no, no voy a hablar hoy de cómo se nos manipula para ser más consumistas, como se premia a los seres con menor empatía, como se modela un ser humano, más ignorante, menos capaz de ayudar y nutrirse emocionalmente de lo que nos aportan los demás, tanto que hace que  cuando vemos algo como este vídeo lo percibimos como algo excepcional y digno de admiración.

Las cosas que más me han impresionando en la vida no se compran, no suelen salir en las noticias, y tienen mucho que ver con su capacidad para hacer sentir. Sentir las cosas que pasan a nuestro alrededor es cada vez más complicado cuando la empatía se nos presenta como una debilidad humana y no como un valor. Se nos vende el estrés de ser una persona muy ocupada, de tener una enorme responsabilidad en nuestro trabajo como algo a lo que todos deberíamos aspirar y lo compramos. En las películas, en el papel cuché  esos personajes que dirigen muchos destinos, que toman decisiones arriesgadas, que están siempre colgados al teléfono, leyendo emails, asistiendo a fiestas, cenas, reuniones, se presentan como una legión de superhombres o mujeres que despiertan una inalcanzable admiración, cuando a lo mejor su mayor éxito ha sido crear un producto financiero catastrófico que ha dejado a millones de personas sin hogar, a miles de jubilados sin pensión y sin embargo es más admirable el genio Zuckerberg, o Mr. Gordon Gecko, el tiburón de Wall street, que otro ser humano que tengas más cerca y seguro tiene una historia impresionante detrás.

Quizás fue por cómo y dónde me crié que no puedo identificarme con nada de eso, pese a que he tenido compañeros de trabajo que me asociaban más con el mundo de la gran ciudad cosmopolita, y pese a haber sido “esa hija de puta que despedía a la gente”, opción que compré con veintitantos, hasta que dejé de hacerlo unos años después por elección personal, cosa que la mayoría de mis compañeros ni mis jefes entendieron, aunque a alguno conservo entre mis amigos de Linked in,  que tan pronto están en NYC, Berlín o London, ciudades que según ellos me iban como un guante, cuando no me cansé de repetirles “soy más de pueblo que las amapolas” y he aprendido a valorar mucho lo que mi infancia me enseñó.

Dicen que mi padre, músico frustrado, me cantaba con su guitarra acústica Country roads de John Denver o American Pie de Don Maclean, canción que cuenta minuciosamente lo que fue mi infancia mediática, es decir lo que me gustaba ver en esa tele de dos canales que con cuentagotas ofrecía imágenes de Rock and roll.

No recuerdo las canciones de mi padre pues se fue pronto y la memoria infantil es tan selectiva, que sólo tuve el recuerdo de su exilio en Argentina, pero siempre pude imaginar aquello que me contaban porque la música sí estaba presente y quise recordar la música por encima de todo lo demás, porque fue una de las primeras cosas que me hizo sentir emociones y es que había canciones que me ponían los pelos como escarpias.

El lugar en el que crecí era un pueblo de 80 habitantes que ocupamos para ser 85, cuando dejamos el Madrid de finales de los 80. En el pueblo no había más de 10 niños, nos quedábamos incomunicados cuando nevaba, el invierno era muy duro y no había otro elemento de ocio excepto la música, la tele y la lectura. Vivir en un lugar así cuando tienes 12 años puede ser una tortura, sin embargo para mí fue una liberación. Solía pasar las tardes visitando a las abuelas que vestían de negro de arriba a abajo y contaban historias de posguerra, criticaban a sus vecinas con enfermizo rencor. Ellas me enseñaron a cultivar tomates, a coger setas, manzanilla y orégano y aprendí que el odio se deja a un lado cuando hay causas de fuerza mayor, cuando aparece la enfermedad, el desastre, la desgracia, se aparcan las diferencias para ayudar, para estar al lado del que lo necesita, porque eso es vivir en comunidad. Siempre me pregunté cómo podían odiarse vecinos que llevaban 70 años juntos y quizás fue algo importante que aprendí.

El lugar en el que crecí hacía que no fueras selectivo con la gente que tenías alrededor, toda compañía podía ser buena. Una de las personas con las que compartí poesía nocturna en una fría piedra al lado del arroyo, lugar escogido porque se podía hablar sin tener moscones escuchando, era un tipo que me sacaba 20 años. Flirteaba conmigo tratando de provocar mi adolescente ira pintando svásticas en mis cuadernos del colegio y reclamando mi atención con su egocéntrica e histriónica forma de ser. Tengo que agradecerle que me hiciera leer a Erich Fromm, estudiar a Hitler y escuchar Stairway to heaven de Led Zeppelin. Tengo que agradecerle también su estupidez tratando de provocarme con rayas de cocaína,  me enseñó a reconocer sus debilidades y no caer en ellas y reforzó mi empeño en dirigir mi destino y no dejarme llevar por la estupidez dominante. En ese juego de seducción insensata a una menor, con la palabra, con la poesía, con la música y todo aquello que en definitiva hubiera hecho humedecer mis bragas, reconocí la soledad de haber encontrado a alguien afín, que de no ser por su edad, consumo de cocaína y una actitud misógina, podía haber sido confundido con el sexo, debilidad en la que tampoco caí.

El lugar en el que crecí me rompió demasiados prejuicios, de esa forma pasé muchas tardes compartiendo lectura con un anciano de 80 años que para todo el pueblo era un loco que se dedicaba a leer mientras sus ovejas pastaban en el monte. Ni el frío, ni la desidia, ni el dinero, pudieron nunca a este paisano que todos los días discutía con su hijo porque, pese a que no le hiciera falta desde hacía mucho tiempo, toda su vida se había levantado a las 6 de la mañana para llevar sus ovejas al monte con dos o tres libros bajo el brazo, para volver al caer la tarde, un poco más sabio y más curtido. Me enseñó, que cuanto más aprendes, más tienes la sensación de ser un ignorante.

Una de las personas que más admiré en mi vida, vivía en un pueblo cercano, otro tipo que me sacaba 20 años, y que tras vivir en Madrid con un trabajo bien pagado, lo dejó todo, hizo su rebaño y a sobrevivir en los montes de la sierra. Con él pasé algunas noches de verbena y aprendí de la capacidad de hacerse con la audiencia cuando tienes algo que decir y lo que dices es interesante. Su legado era una experiencia vital que invitaba al conocimiento, a compartir, a saber, a dialogar y no juzgar a los demás. Era un ser respetado que cuando aparecía oliendo a animales y campo, algo que podía echar para atrás, conseguía que mucho se arremolinasen a su alrededor y escuchasen como un niño escucha al abuelo contar un cuento.

El sitio donde crecí, me dio muchas noches de copa y puro al calor de una chimenea jugando al mus hablando de cine independiente con un ingeniero aeronáutico checo que trabajó durante años en una vaquería para volver a su país a montar un negocio. Con él compartí a Kieślowski, Lars Von Trier, Oliver Stone y otros muchos temas como la antigua URSS, la caída del muro, la música clásica y lo que significa irte a un país a buscarte la vida sin un duro, sin conocer el idioma, sin ser bienvenido. Tuvo la suerte de que en mi pueblo, era forastero, igual que yo, pero siempre tuvo sitio para sentarse con un café y una copa, a echarse una partida de mus.

El sitio donde crecí también me enseñó la incoherencia, el miedo a lo que viene de fuera, los sueños que no se cumplen, la realidad silenciada, pero me hizo ver el mundo como un espectador que sabía que estaba de paso, que aprendería muy pronto a no segmentar, a no sectarizar, porque me hizo ver lo que no me gustaría ser, me hizo poner en valor lo que el ser humano es capaz de dar cuando no se deja llevar por sus propios prejuicios.

No, no soy una flipi que se considera mejor persona que nadie, me maltrato a mí misma cuando cometo errores, pero nunca quise juzgar, aunque lo he hecho y lo hago y eso me hace darme un toc toc en la cabeza de vez en cuando y decir, no, nena, no quieres ser tan mala persona, recuerda aquella frase que has leído de tu colega de Facebook: “Todo aquél con quien te encuentras está librando una batalla de la que no sabes nada. Sé amable”

La empatía es lo que nos hace respetar a los demás, pero también es la que podrá conseguir que nos emocionemos, emocionarse es sentir y sentir es un objetivo de la vida. Yo no he venido aquí a putear a los demás, no he venido a estar en guerra contigo, prefiero aprender de lo que puedas enseñar aunque lo que aprenda es que me odias. Estoy aquí para ser feliz, y cada vez que lo pienso, lo que más feliz me hace es hacer feliz a los que me rodean, aunque no tenga mucho que ofrecer.

Hoy es multicolor  porque quiero que sea así y lo voy a dedicar a mi memoria, a mi música, a escribir para mis amigos este post, con los que aprendí que una noche alrededor de un fuego, con un ukelele y un par de cervezas recordando aquellas cosas que hacen de la vida un camino más guay de recorrer, son lo que nos hace feliz… Aquella vez que nos fuimos a Benidorm, nuestro primer coche que nunca arrancaba, la manta del maletero para taparme en las frías noches de la sierra, los discos de los 70, las noches en la escuela escuchando a Metallica, los partidos de fútbol contra los del pueblo de al lado, mis tubos de leche durante los años de abstemia, esa paella… o aquel perfecto concierto de Ben Harper…

Tócala otra vez Sam, me diría… no dejes de tocar, que acabamos de estrenar el día…