En el reino de los ciegos, el tuerto es el rey.

portada de la colección de películas de Mel BrooksSoy fan de Mel Brooks, así en mayúscula. Cada vez que alguien me habla de revolución recuerdo la película La loca historia del Mundo. Esas calles de París en las que los pobres vendían ratas muertas para el estofado de ratafort, o corazones de manzana, deliciosos corazones de manzana robados de la basura de los ricos. Mientras un apenado Rey Luis escucha a un nervioso  Conde de Partné hablando sobre la revolución en las calles de París. El Rey no puede entender  lo que ocurre pues está convencido de  lo mucho que le ama su pueblo, acto seguido, en los jardines de Versalles, pide que le lancen otro pobre con una catapulta y cuando pasa por su punto de mira, dispara. Los parisinos quieren la muerte del Rey que no hace más que repetir: Es bueno ser Rey. Cuando come manjares de una bandeja, mira a cámara y nos dice: Es bueno ser Rey. Cuando lame las tetas de una cortesana, con actitud chulesca y a cámara: Es bueno ser Rey y así sucesivamente en todas las acciones que perpetra en su lujoso palacio.

En las calles, los pobres ni siquiera imaginan cómo vive su Rey, pelean por los cadáveres de las ratas, sin nada que vender en un mercadillo en el que no se puede encontrar más comida que la que haya en la basura. Des-organizados, hordas de pobres cuales zombies, marchan a Versalles a matar a Rey, donde su Rey sigue: Es bueno ser Rey.

España 2013. En la puerta de un supermercado en una calle de un barrio de Madrid una señora con una caja de las de la fruta grita: “Nena, Amor, Amor, 10 euros, el Armani, el dolce cabana, 10 euros, no lo vas a encontrar mejor. Venga que se me acaba la cacharel, a 10 euros, nena, esto son rebajas y no las del corte inglés”. Son las 9 de la noche, la señora que vende perfumes de dudosa procedencia espera que su hijo aparezca con la furgoneta, coge su caja con las tres colonias que le han sobrado, se monta y se va. Cuando desaparece la Mercedes granate doblando la esquina empieza la procesión de los invisibles. Ya empieza a hacer un poco de fresco y en la cazadora bolsas de plástico aguardan a ser llenadas con los excedentes a punto de caducar que el personal que trabaja en el supermercado, va a sacar en breves en el contenedor. Si hay algún trabajador que se atreva a buscar alguna otra utilidad a ese sobrante que no sea quedarse en la basura, sufrirá las consecuencias del despido. Cuando por fin sale ese contenedor, los invisibles de la forma más rápida y aséptica posible llenan sus bolsas y se van a casa a hacer la cena. Algún foto-periodista consigue colar estas imágenes en el Wall Street Journal y el sonrojo dura los 30 segundos que dura la pieza del telediario, después un corte al Ministro de Hacienda haciendo alguna declaración y uno no sabe si está viendo al Sr. Burns de los Simpson.

A la vuelta a casa uno del barrio vende 10 jamones de pata negra a 60 pavos desde el maletero de su carro, un destartalado A-4 que hace 10 años, cuando lo compró estaba impecable y hoy, lleva dos años circulando sin seguro y no tiene ni para cambiar las ruedas. Especialista del extraperlo, como tantos otros se dedica a llevar varias listas de la compra y recorrer los supermercados para coger geles, champús, detergentes, paquetes de lentejas y revenderlos por la mitad de precio a los que han elaborado la lista.

Ninguno en el barrio tiene en mente ir a Versalles, no conocen al Rey Luis, su enemigo es el inmigrante que le está quitando el puesto de trabajo, el funcionario que cobra por tocarse los huevos, los enchufados de la asistente social que se llevan todas las ayudas, los pisos de protección oficial y pagas por la cara. Ninguno ha ido a una manifestación porque el barrio es un mundo en sí mismo cuya frontera con el resto en insalvable, además para qué salir del bar si esto es lo que hay, no hay nada que hacer, los que mandan, mandan y ya está. Dentro del barrio se culpan unos a otros, se quitan los unos a los otros y arreglan el mundo con dos botellines en el bar del Sebas. Alguno incluso invoca a tiempos pasados como mejores cuando jamás han abierto un libro de historia y los treinta o cuarenta años que llevan en este mundo se han dedicado a trabajar, comprar, beber, fumar, vacilar cuando tenían y odiar cuando no tienen. Esos treinta o cuarenta años en el mundo han deseado convertirse en ricos, para poder mirar por encima del hombro a sus vecinos, qué coño, ya lo hicieron cuando se compraron el Audi A-4, cuando se fueron de viaje a Cancún o cuando se pegaban una mariscada etiquetando a todo el barrio en el Facebook para que viesen “¡Cómo molo!, molo mogollón porque gasto como un Rey” y es que ES BUENO SER REY.

No espero a ninguno de ellos ni siquiera paseando por los jardines de Versalles, ni leyendo un análisis sobre la economía del país, cómo hacer más sostenible la competitividad y que no esté basada exclusivamente en el abaratamiento de costes laborales. No espero que ninguno compare el modelo chino con el nuestro y llegue a la conclusión de que no podemos ser más baratos que China como mano de obra, con jornadas laborales de 60 horas a la semana y sueldos de 200 euros/mes. Pero ellos, resignados aceptan que hemos de ser así de competitivos,  porque es lo que hay, ellos miran a otro lado cuando los invisibles buscan en la basura, aprovechan el pata negra a 60 euros, porque mientras tengan un vecino que tiene más dinero, más trabajo, más ayudas que él, ahí está el enemigo, anhelando una primitiva para decir en el barrio mirando a cámara: Es bueno ser el Rey, rodeados de manjares y cortesanas en pelotas a lo Jesús Gil en el jacuzzi, no en vano esa imagen se la pone dura a unos cuantos imaginándose a sí mismos, para que en el barrio puedan ver “¡Como molo!

El mundo cambia tan poco que asusta pese a que fluya la información .Un reino de ciegos en el que ni siquiere se ve que el tuerto es el Rey y el que lo ve, es también enemigo, por  bocazas.

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